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¿Con cuál de los siervos del Señor me identifico? (1)

Moisés, Abraham, Samuel, Josué, Pedro, Ezequiel, Enoc, Isaías, Jeremías, Eliseo, Elías, Gedeón, David, Salomón, Daniel… Todos tenemos algo de todos ellos, todos fallamos, todos podemos ser usados por el Señor, y en algún momento vamos a pasar por alguna de las situaciones de ellos. Tendremos momentos buenos y malos, dificultades y triunfos. Si nuestro llamado es de Dios, sea con tropiezos o sin tropiezos, vamos a llegar al otro lado.

“Ven, por tanto, ahora, y te enviaré a Faraón, para que saques de Egipto a mi pueblo, los hijos de Israel. Entonces Moisés respondió a Dios: ¿Quién soy yo para que vaya a Faraón, y saque de Egipto a los hijos de Israel?”
Éxodo 3:10 (RV1960)

Vemos que Moisés le preguntó al Señor: “¿Quién soy yo?”. Aquí se manifiesta algo que no podemos tener por nosotros mismos, y es el menosprecio. Esta es un arma del enemigo para retardar el llamamiento, como también puede ser una excusa.

“Entonces dijo Moisés a Jehová: ¡Ay, Señor! nunca he sido hombre de fácil palabra, ni antes, ni desde que tú hablas a tu siervo; porque soy tardo en el habla y torpe de lengua. Y Jehová le respondió: ¿Quién dio la boca al hombre? ¿o quién hizo al mudo y al sordo, al que ve y al ciego? ¿No soy yo Jehová? Ahora pues, vé, y yo estaré con tu boca, y te enseñaré lo que hayas de hablar”.
Éxodo 4:10 (RV1960)

No somos fáciles de lengua. Pero en el llamamiento, así seamos torpes de lengua o creamos que nos van a hacer falta palabras, algo es cierto: Entre más sencillo prediquemos, mucho mejor. Para que veamos la gloria del Señor, los tartamudos que tienen don de profecía no se equivocan cuando Dios los utiliza para hablar.

Dios ya tiene su número de ovejas para cada siervo y sierva. Y esas ovejas se enseñan a la voz de su pastor y lo siguen, así sea torpe.

El enemigo nos ataca por nuestra torpeza en el habla, pero no es por el léxico ni por la forma de hablar, sino por la autoridad que el Señor nos da. Notemos que el Señor no le arregló el hablar a Moisés, pero estuvo siempre en su boca. Eso es lo importante.

El mensaje entonces es que no nos menospreciemos, porque el menosprecio no cabe en el ministerio.

“Pero Jehová había dicho a Abram: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré. Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra. Y se fue Abram, como Jehová le dijo; y Lot fue con él. Y era Abram de edad de setenta y cinco años cuando salió de Harán”.
Génesis 12:1-4 (RV1960)

Aquí podemos ver que el Señor le dijo siete cosas a Abraham. Esto nos enseña que son más las cosas buenas que nos van a pasar que las cosas malas. Las bendiciones que Dios le iba a dar a Abraham estaban por encima de cualquier problema.

No sólo Dios nos quiere bendecir. Es que Él ha depositado en sus siervos algo que es bien tremendo, y es que crean que serán bendición. En el caso de la familia pastoral o de un ministro que llegue quedarse en cierto lugar, siempre serán una bendición, y eso es lo más hermoso del ministerio. No le tengamos miedo a nada ni a nadie, pues el que se meta con nosotros, se mete con Dios.

Pero Abraham tuvo un problema, y es que Lot se le pegó, todo porque allí privó el amor de su hermano. Abraham no tuvo autoridad para sacarlo, sino que recurrió al amor familiar. Pero tengamos presente que cuando hay llamamiento no hay amor familiar.

“Y el joven Samuel ministraba en la presencia de Jehová, vestido de un efod de lino.”
1 Samuel 2:18 (RV1960)

En aquél momento Samuel aún no había sido llamado. El hecho de llamarlo “el joven Samuel” identifica la inmadurez de su ministerio. Pero cuando alguien es llamado, lo primero que tiene que hacer es estar trabajando en la casa de Dios. Samuel no era sacerdote todavía, la mamá le hacía una túnica, pero algo hacía en la iglesia.

Otro detalle es el efod de lino, el cual habla de la santidad. Él sabía que en algún momento lo iban a enviar y por eso se consagraba al Señor.

Nadie puede pretender que lo llamen si no está sirviendo ni está agradando a Dios. En el caso de Samuel, él no descansaba.

Moisés y Aarón eran hombres fuertes, y dice la Biblia que para entrar al lugar Santísimo tenían que levantar con dificultad las cortinas. Ahora, Samuel, que era un niño, desde los 8 años ya dormía en el lugar Santísimo. Eso debió ser algo sobrenatural, Samuel vivía lo que Dios le hablaba. Este fue un llamamiento del lugar Santísimo, y allí habita el Arca del Pacto, y en el Arca está la presencia de Dios.

Debemos ser sensibles a la voz del Señor y decir como Samuel: “Habla Señor, que tu siervo escucha”.
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