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¿Realmente hemos nacido de nuevo?


Al levantarme ayer en la mañana, después de darle gracias a Dios por este nuevo día, mi corazón se compungió porque no tuve el tiempo suficiente para orar. Pero cuánto más se entristeció cuando me desplazaba hacia mi sitio de trabajo mientras escuchaba en la radio una predicación sobre la fe en los momentos de necesidad.

La historia del profeta Elías y la viuda de Sarepta, registrada en 1 Reyes 17 confirmaba lo que el pastor predicó en la iglesia el día de ayer: Darle a Dios primero para que Él supla nuestras necesidades, y para ello se requiere tener fe. Y luego, al escuchar sobre las persecuciones de nuestros enemigos, más perplejo quedaba yo, porque también se necesita tener fe y confianza en el Señor para soportarla. Pensaba en el accionar de los enemigos del pueblo de Israel al ser liberado de la esclavitud de Egipto (el ejército de Faraón y el mar Rojo), y de los vecinos filisteos de Isaac, quienes tapaban todo pozo que cavaba, especialmente los que su padre Abraham le había dejado por herencia. Mi conclusión fue la siguiente: "¡Oh, qué duro es esto!"

Soy consciente de que sin fe es imposible agradar a Dios (Hebreos 11:6), pero hay momentos en mi vida en que soy un mar de dudas, las cuales terminan anulando la poca fe que me queda, y más cuando llevo mucho tiempo anhelando muchos cambios para mi vida y no hay respuesta de parte de Dios... o posiblemente la culpa es mía, por no haberle buscado lo suficiente.

Al llegar a la oficina, una sencilla pregunta comenzó a dominar mi pensamiento: "¿Realmente he nacido de nuevo?" Puede que lleve ya varios años siendo cristiano y durante este año se haya materializado el proyecto de este Blog, pero eso no me garantíza tener la respuesta, porque al mismo tiempo puedo estar siendo la moneda perdida de Lucas 15:8-10, la cual necesita ser encontrada. La falta de fe sólo puede ser causada por una cosa: Menguar en nuestra relación con Dios y en nuestro espíritu, y poner nuestra confianza en cualquier otro, menos en Él.

El sólo hecho de pensar en la frase "nacer de nuevo" me lleva directamente a pensar en un personaje que encontramos Juan 3. Este personaje es Nicodemo, quien era fariseo y un principal o líder importante entre los judíos, quien decidió buscar al Señor Jesucristo durante esa noche para hablar con Él, pues sabía en su corazón que Jesús era enviado por Dios y a pesar de que muchos de sus copartidarios no lo creyeran así. Entonces, el Señor le dijo estas palabras:

Juan 3:3 (DHH)
Te aseguro que el que no nace de nuevo, no puede ver el reino de Dios.

La actitud de Nicodemo al escuchar estas palabras es el fiel reflejo de la nuestra, pues el hecho de nacer de nuevo es prácticamente imposible en el mundo natural. Pero el verdadero sentido de estas palabras no es nacer de nuevo de manera literal, sino que se refiere a un cambio de vida en nuestro ser. En la siguiente versión, podemos verlo más claro:

Juan 3:3 (BL95)
Jesús le contestó: "En verdad te digo que nadie puede ver el Reino de Dios si no nace de nuevo desde arriba."

De hecho, la traducción original de "nacer de nuevo" en el griego es "nacer de arriba". La pregunta que todos nos hacemos, como Nicodemo es: "¿Cómo puede ser esto?" El Señor lo explica de otra manera:

Juan 3:5-6 (SRV)
Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es.

Entonces, el Señor Jesús no le está hablando a Nicodemo de un vientre materno literal. El Señor habla de nacer del agua y del Espíritu, y está haciendo una diferencia clara entre la carne y el Espíritu.

Romanos 8:5
Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu.

Romanos 8:13
Porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis.

El ser humano nace separado de Dios y sin ninguna relación con Él. Conforme va creciendo, vive para su bienestar y conforme sus propias reglas morales, las necesidades del cuerpo es lo único que tiene importancia, lo que la Biblia trata como "los placeres de la carne". De hecho, el apóstol Pablo, en sus cartas, hace la diferenciación entre las obras que provienen de la carne y los que provienen del Espíritu:

Gálatas 5:19-21
Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios. Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.

Ahora bien, ¿cuáles frutos se están manifestando en nosotros? Probablemente aún tengamos frutos de la carne en nuestras vidas, porque somos humanos y débiles. Pero la verdad sea dicha: Muchas veces dejamos que la carne se enseñoree de nosotros, cuando nosotros somos quienes debemos enseñorearnos de ella. Y si la carne se enseñoree de nosotros, nuestro espíritu se apaga. Es como un interruptor en nuestro ser, que se pone en "ON" cuando el Espíritu es el que gobierna, y en "OFF" cuando la que gobierna es la carne. De hecho, si este último es el caso, también se apaga la fe que hay en nosotros. ¿En qué modo están nuestros interruptores?

Por eso, cuando no nos queden fuerzas o no podamos valernos por nosotros mismos, debemos clamar al Señor y pedirle que nos fortalezca y nos auxilie en los momentos de tentación y dificultad. No en vano, Juan el Bautista decía que era necesario que Jesús creciera y él menguara (Juan 3:30).

Si la carne nos gobierna, entonces la presencia de Dios no vive dentro de nosotros. De alguna manera, nuestro Espíritu tiene que activarse, tiene que tomar vida. El nuevo nacimiento habla de algo que está en lo mas profundo de nuestro ser y tiene que salir, tiene que brotar de adentro hacia afuera. Y al ser nuevo, entonces lo viejo que hay en nosotros tiene que morir. Dicho de otra manera, lo espiritual, que había estado muerto en nosotros por causa del gobierno de la carne, vuelve a nacer, vuelve a vivir, resucita. Y eso sólo puede suceder cuando aceptamos a Cristo Jesús como nuestro único Señor y Salvador, el Mesías, el Verbo de Dios, el creador del universo, Dios hecho hombre, el que murió y resucitó, el que vino como siervo y volverá como Rey.

Y como consecuencia del nuevo nacimiento, empiezan a haber cambios en nuestro ser y en nuestra manera de vivir. Por tanto, aquellas cosas que nos alejaban de Dios empiezan a hacer parte del pasado.

2 Corintios 5:17
De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.

Hasta este punto muchos se habrán preguntado: ¿Y qué tiene que ver la fe con el nuevo nacimiento? ¡Pues la fe es un fruto del Espíritu! Y al darle vida, momento empezamos a confiar cada día más en Dios, a someternos a Él y a su Palabra, lo cual nos lleva a pensar más en las cosas celestiales y a creer que Él cumplirá sus promesas. Allí entendemos que lo terrenal es temporal, pero lo celestial es eterno y permanece.

El nuevo nacimiento también se refleja en la muerte y resurrección del Señor. En su muerte, se llevó todos nuestros pecados con Él, pero al resucitar ya no tenía pecado: Las cosas viejas pasaron. Es por eso que al nacer de nuevo, experimentamos una resurrección de nuestra vida en Cristo, por lo tanto:

Colosenses 3:1-2
Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra.

Hay mucho más para compartir sobre el nuevo nacimiento, pero por ahora me detendré en este punto. Considero que con lo que he compartido hasta este punto, a la luz de la Palabra, tenemos buenas bases para que nos preguntemos: ¿Realmente hemos nacido de nuevo?

¡Espero sus comentarios!

Dios les bendiga.


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